
Colgué el cartel de no molestar en el pomo que me abre.
Me senté despacio en una de las nubes que pueblan el techo de mi habitación. Desde aquí arriba se ve mejor mi cama.
Estoy allí. Justo debajo, tumbado, durmiendo plácidamente mientras espero que el inagotable reloj dé la alarma avisando de que el sol vino a visitar mi ventana.
Poco a poco, la suave luz del amanecer invade con descaro mi cuarto. Tal vez anoche olvidé bajar la persiana, tal vez mirando embobado a la luna me quedé dormido en su regazo.
Y caigo, caigo sobre mí mismo. Abro los ojos, desconecto el despertador y busco en el hueco que queda en mi colchón a mi amada Soledad. Ya no está, debió madrugar más que yo y se marchó temprano. En fin, desaparecieron las nubes que surcaban el cielo de mi alcoba.
Vaya… Hoy, soñé conmigo…
Estoy confuso, me siento preso de mi propia locura y me alegro. Yo no quiero parecerme a ellos.
¡GRITO! Luego… Silencio y rio de nuevo.
Hoy quise regalarte una palabra hermosa. Pensé durante un rato y la encontré.
“Quédate”.
¿El resto del día?
Bien, como siempre la verdad. Corriendo de un lado para otro. Naufragando en mil vasos de agua. Comiendo rápido y haciendo volar mi coche para llegar a tiempo al trabajo. Reuniones, ventas, crisis, reuniones…
Por la noche…
Velitas, postre y mantel nuevo. Soledad llegó a tiempo para cenar.
…
POSDATA: A todos aquellos que añoran, a todos aquellos que creen, a todos los que se sienten vivos. A aquellos que a veces les da por soñar.
¡QUEDATE!