
A lo lejos, un resoplar de vapor rompe el viento tras el incesante y estruendoso ruido del pesado metal sobre las vías. Y se va, se va para siempre…
La humedad de la niebla cala mis huesos, la mañana es heladora y parece no querer amanecer nunca. Hoy, solo puedo lamentarme porque una vez más no llegué a tiempo.
Parado, intento recuperar la respiración, pues si coger trenes no es lo mío, correr detrás de ellos me temo que se me da aún peor.
Solo, de nuevo perdido en un punto de partida, sin futuro ni destino fijo, sin tren y aún con la duda de si debería alegrarme por ello. Total, ya estoy acostumbrado, y la verdad, no es eso lo realmente preocupante, es peor la confusión y el acabar en una estación a la que jamás quisiste llegar.
¿Y ahora? Me siento y espero. Espero a que el viejo reloj de la hora de la nada y me apetezca irme a casa.
Descanso sobre mis piernas mi maleta, abrocho el último botón de mi abrigo y enciendo un cigarrillo. Mientras, observo cual ente invisible, y desde mi recién creada burbuja, como la vida pasa rápidamente sin apenas percatarse de mi insignificante presencia allí.
Andén 47B, junto al reloj, ese es mi banco.