
Y así es como recordaba
las palabras de Nietzsche. Prácticamente a oscuras, solo, esta vez. Sentado en
su sillón y abrazado a un vaso de whisky.
La luz que arrojaba la chimenea dejaba ver una sonrisa
inquietante en su cara, casi diabólica.
Fuera, el otoño golpeaba con furia la ventana, el viento
venía cargado de lluvia. La arrojaba contra los árboles del jardín como si
quisiera arrancarlos de cuajo. Dentro, el calor del hogar hacía de la estancia
el marco perfecto para saborear la victoria.
Una y otra vez había leído aquella nota escrita a pluma. Dio
un nuevo trago y sonriendo arrugó el papel y lo tiró a la chimenea.
-Yo también tengo informadores –Se dijo. – Y muy buenos
amigos… Debe ser triste sentirse tan solo. Debe ser duro avergonzarte de tu
propia vida y tener que inventar otra para que nadie vea quien eres en
realidad. Tratas de escapar de ti mismo y te ahogas en tu propia locura dando
las últimas bocanadas a un aire que has viciado con mentiras y cizaña.
Devoras tu propia alma y te consumes buscando en los demás de manera enfermiza
lo que ansias ser. ¡NECIO! Has empezado una guerra que no podrás ganar.
Destapaste la caja elísea, asume pues tu destino…
El anochecer vio como leña y vaso se consumían acompasadamente.
Rotas las telas de la araña decidió irse a dormir.
-Jaque, amigo. Mueves.