
Una nota escrita a pluma descansaba sobre la mesita del recibidor. No hicieron falta más palabras.
Cogió su sombrero negro, su abrigo nuevo, revisó su billetera y se marchó.
El cochero esperaba a la puerta, su equipaje estaba cargado y le hizo salir de inmediato. Quería llegar con tiempo a la estación, el tren no espera por nadie y esa fría y nublada mañana de invierno no le regalaría una excepción.
Su reloj marcaba las siete, y en silencio, perdido en sus pensamientos se descubrió a sí mismo con la mirada fija en el albor sobre los tejados. Mudo y helado continuó sus cavilaciones mientras su carruaje volaba y lo mecía con suavidad descompasada.
Llegado el momento pagó al cochero, recogió su maleta y lentamente se fue hacia el andén.
Un banco sucio y descolorido le dio descanso en su espera, frente a él, un gigante de hierro, madera y acero desperezaba su maquinaria de vapor mientras gritaba una y otra vez con voz aguda y ensordecedora.
-Es la hora- se susurro. Sacó de su chaqueta el billete, se puso en pie, cogió su maleta y observó pacientemente como el resto de los pasajeros iban entrando en el tren.
-Señor, ya puede subir, ya estamos listos- El revisor era un muchacho delgado y de pelo cobrizo, vociferaba en el andén dando las últimas instrucciones a los viajeros más rezagados.
De nuevo, aquella bestia metálica rugió con toda su furia anunciando su salida. Había llegado el momento, se giro una última vez con intención de despedirse de aquel paisaje y a su cabeza llegaron aquellas palabras que ahora yacían sobre el mueble del recibidor.
Fijó su mirada en los ojos del joven pelirrojo y con la voz rota le deseó buen viaje. El muchacho, con gesto de sorpresa, cerró lentamente la puerta y él, clavado en el suelo, observó como su tren se marchaba.
El resto de la mañana la pasó solo, sonriendo, sentado en el aquel banco sucio y descolorido...